Dios creó al hombre a su imagen y semejanza para que tuviera dominio y llenara toda la tierra (Gn 1:26-28). Ese Adán fue la primera cabeza corporativa que tuvo la humanidad. Al Adán transgredir las instrucciones del Eterno entregó el gobierno al adversario (Lc 4:5-6). Después de Adán vino Cristo, el ultimo Adán, y al resucitar de entre los muertos recuperó el reino y fue establecido por el Padre como la otra cabeza corporativa para una nueva humanidad.
Todos los seres humanos estamos (legalmente) en Adán o en Cristo (Rm 5). Entender que la iglesia está posicionada legalmente en el Ungido nos empodera en nuestra carrera apostólica y nos libera de temores, condenación, culpabilidad y rechazo con respecto a Dios.
En Adán, toda la humanidad está bajo la influencia de los poderes (entidades espirituales) de este mundo. Los hombres viven muertos (separados) respecto a Dios, transgrediendo Su ley y envueltos en disímiles pecados (Ef 2). El apóstol Pablo nos dice que su comportamiento es semejante al del adversario. Los espíritus influencian y operan en los seres humanos que viven en desobediencia a Dios, pues estos son impulsados por los deseos de la naturaleza de Adán, hacen su voluntad y trabajan solo en favor de sus propios planes. (Ef 2)
En cambio, en Yeshua, el Ungido de Dios, el panorama es otro por completo. Allí somos amados profundamente por Dios, recibimos la vida de Él y la salvación tan grande que nos ha proporcionado. Él nos resucitó (espiritualmente) juntamente con Cristo, y así mismo, (en unión con Cristo) nos hizo sentar en lugares celestiales para ejercer el dominio que el primer Adán había perdido.
En Adán, estábamos lejos de Dios, sin conocimiento ni fe en el Mesías. Fuera de la ciudadanía de Israel, sin acceso a los pactos, ajenos a la promesa (el Espíritu Santo), sin una amorosa relación con el Padre y sin la esperanza de resucitar de entre los muertos. Pero, aun estando en la condición de pecadores, y muertos (separados de Dios) en delitos y malas decisiones, Cristo murió por nosotros. El Padre nos dio vida y ahora estamos cerca de Él, reconciliados con Él, y con pleno acceso a su presencia a través de su Santo Espíritu.
Y aún hay más, ahora somos parte de la nueva humanidad que porta la naturaleza divina, somos miembros del nuevo hombre corporativo del cual Cristo es la cabeza que lo sostiene, lo nutre y lo lidera. Mediante la muerte del Mesías en la cruz, vivimos en paz con el pueblo elegido por Dios, y ya no somos gente extraña ni extranjera, sino que compartimos ciudadanía (cultura y valores) con los escogidos.
Este misterio que Dios escondió por varios siglos lo reveló hace 2000 años a través de varios apóstoles y profetas. Los gentiles (los que no son israelitas) no estamos olvidados, sino que somos, junto con el pueblo santo, beneficiaros de la misma herencia, miembros del mismo cuerpo (la Iglesia) y participantes de la promesa hecha por el Padre (Su Espíritu) a toda la humanidad (Ef 3) (Jl 2:28).
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