En el siglo I, el apóstol Pablo estableció una iglesia en la ciudad de Corinto como resultado de predicar a Jesucristo y demostrar el poder de Dios (1Co 2:1-5). Los habitantes de esa ciudad tenían los más bajos niveles en los ámbitos de cultura y educación. Pablo, al establecer una congregación allí nos enseñó que el evangelio es para todos. No importa si las familias son ricas o pobres, educadas o no, debemos predicar a toda criatura y a toda cultura para la salvación de ellos.

Más adelante, en una de sus cartas, él menciona y trata de corregir los problemas en aquella iglesia. Esos mismos problemas, o gran parte de ellos, también están presentes en las congregaciones de hoy. Ahora, como antes, vemos divisiones entre hermanos, ante las cuales, los ministros de hoy al igual que el apóstol Pablo, suplicamos a todos, que vivan en armonía y que se mantenga la unidad en el Espíritu, en un mismo pensar y en un mismo propósito.

También encontramos en las congregaciones de este siglo, al igual que en Corinto, grupos de hermanos “espirituales” que viven comentando los problemas de los demás “solo para interceder por ellos”. Esto da paso a murmuraciones que no son para nada agradables. Cuando un creyente está enfocado en la presencia de Dios (amar a Dios e intimar con él) y en la Gran Comisión del Mesías, no tiene el tiempo, y sabiamente no hará el tiempo, para buscar o comentar errores ajenos, ya le basta con los suyos propios.

El partidismo ministerial también es evidente. Algunos hoy, como antes, dicen: «Yo sigo a Pablo»; «Yo, a Apolos»; «Yo, a Cefas»; y otros: «Yo, a Cristo. Y la pregunta sigue latente: ¿Acaso está dividido Cristo? Claro que no, somos nosotros, inmaduros y carnales, que no hemos discernido el Cuerpo ni entendido la importancia de la unidad en el mismo. Los corintios de hoy se enorgullecen de sus obras en la fe, de sus títulos y posiciones eclesiásticas, pero el apóstol Pablo aconseja a todos que: el que se quiera enorgullecer, que se enorgullezca en el Señor. O como dijera el sabio rey Salomón: que te alabe el extraño y no tus propios labios.

Los corintios de hoy revelan su carnalidad y niñez en Cristo, y esto aún en esferas ministeriales. A ellos les indicamos, como dijera el apóstol, que: “mientras haya entre ustedes celos y contiendas, ¿no son inmaduros y se comportan según criterios meramente humanos? Debemos abandonar por completo y decididamente las contiendas y discusiones, dejar de medirnos por reglas y criterios humanos en la fe de Jesucristo y nunca creernos sabios en nuestra propia opinión. Nuestra madurez será manifiesta a todos cuando vivamos de esa manera.


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