La iglesia apostólica sostiene una batalla que no es contra carne ni sangre, sino contra un reino invisible que ya ha sido destronado y destruido por el Mesías resucitado (Heb 2:14, Ef 6:10-12). La palabra Mesías significa: el ungido, y está relacionada con el ser untado o frotado con aceite.

Es la unción (poder de Dios para realizar el ministerio) precisamente una de las armas que tenemos y debemos usar en nuestra milicia contra las tinieblas. Somos herederos de un poder que nos ha sido dado gratuitamente y opera en los que creemos (Ef 1:19). Este poder espiritual es el que nos ayuda a librar las batallas espirituales y a hacer la obra a la que hemos sido llamados como ministros de Dios.

La Biblia dice: “pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra (Hch 1:8)”. Entendemos entonces que, toda la obra de la Gran Comisión se basa en el poder del Espíritu Santo no en nuestras fuerzas y estrategias. No debemos predicar, ministrar ni vivir sin la unción del Espíritu, pues el reino de Dios no consiste en palabras sino en poder (1 Co 4:20).

Los discípulos del Señor que esperaron el Espíritu Santo, fueron empoderados por Él y salieron guiados a hacer la obra a la que fueron llamados. Ellos sabían que la unción es la que pudre el yugo (Is 10:27) y que solo por el Espíritu de Dios es que salen los demonios (Mt 12:28) para que así avance el reino. Primero debemos procurar la unción, luego podemos salir confiados a la batalla.

Podemos aumentar la unción que nos ha sido entregada, para ello necesitamos fortalecernos en el hombre interior por el Espíritu (Ef 3:16) a través del orar mucho en otras lenguas. También, cuando morimos a nuestros deseos y obedecemos a Dios, hay un aumento de poder (2 Co 4:17). Sin embargo, cuando no hay honra hacia nosotros y no se nos recibe como mensajeros de Dios, se frena el mover sobrenatural de Dios (Mt 13:58).

El poder se recibe, se cuida y se desata. Para cada una de esas etapas existe una sabiduría. Donde se imparte el poder de Dios se tiene un encuentro fresco y vivo con Jesucristo, porque Su poder, al igual que Sus palabras, nos imparten vida.


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