El comportamiento de la iglesia de Corinto respecto al apóstol Pablo nos alerta a los ministros quíntuples de hoy sobre la ingratitud, el menosprecio y el orgullo que pueden manifestar los hijos espirituales en su etapa de inmadurez. La ausencia de espiritualidad y conocimiento lleva a muchos creyentes a menospreciar el trabajo ministerial de sus apóstoles o pastores, y a compararlos con el predicador más famosos de hoy en las redes sociales (1Co 4:3).
Los creyentes carnales, no disciernen que el predicador de las redes sociales no les conoce, no les visita, no les enseña, no les ministra y no ora en secreto por ellos para la salvación de su familia y el crecimiento de su alma. Parece ser que esta generación está plagada de personas que, por alguna extraña razón, creen que se merecen cosechar cosas que nunca han sembrado.
El asunto se torna aún más peligroso cuando estos creyentes infantiles y ausentes de la sabiduría divina, al comparar a sus pastores, se van más allá de la medida de la fe y de lo que está plasmado en la Escritura (1Co 4:6). Para hacer esta comparación ellos usan criterios humanos y no bíblicos. Además, olvidan que nada puede recibir el hombre si no le fuere dado del cielo.
Es bien fácil menospreciar a tu pastor o apóstol después de haber crecido en conocimiento y en dones (porque de madurez, amor y agradecimiento no podemos hablar). Es fácil ahora olvidarle, después de todo el trabajo y el sacrificio que ha hecho por tu liberación y madurez en Cristo. Y también es fácil comparar su estilo de predicación, sus mensajes y unción con otros que, por mucho que a usted le agraden, esas personas quizás nunca sabrán que existes, ni que tu matrimonio tiene problemas, entre muchas cosas más.
Si usted, dentro de la prepotencia que caracteriza a muchos los creyentes cubanos de hoy, se vuelve presuntuoso, rebelde, y se opone a la visión o estrategia de la casa que le vio nacer en la fe o que le adoptó como hijo, hablando mal del ministro que la preside, solo le recuerdo tres frases: “no toques a mis ungidos”, “no hables mal de mis profetas”, y, “no maldigas al que gobierna a mi pueblo”. Dios es castigador de todo esto.
Una de las cosas más difíciles con las que tiene que lidiar un ministro del evangelio es que sus propios “hijos” espirituales, debido al alto grado de egoísmo y menosprecio con el que están intoxicados, le priven de sus derechos por su labor ministerial (1Co 9:1-14). Según las enseñanzas del apóstol Pablo los derechos de los ministros deben ser respetados y concedidos. Honrar, valorar y atender a los ministros es el deber de todo creyente con madurez y sensatez en el reino de Dios
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