Espiritualmente hablando, Dios nos ha dado órganos sexuales sanos, (la capacidad de reproducir el reino que llevamos dentro), y Él espera que lo reproduzcamos en la vida de otros (Mt 28:19-20). Es sabio entonces conocer cómo “cultivar” o “canalizar” el crecimiento que nos da el Señor. Para ello, el liderazgo del ministerio debe capacitar a otros. Su actitud debe ser la de reproducirse en otros no solo la de brillar. Debemos pasar de la predicación (anuncio) del reino, y de la enseñanza (instrucción) al entrenamiento ministerial.
Es importante también, ayudar a otros a descubrir sus dones, y que sus ministerios se realicen de acorde a esos dones recibidos o impartidos por el liderazgo (1Tim 4:14-15). También, se debe tener una estructura ministerial funcional, y no ser “cultistas” sin un proyecto de crecimiento (estrategia) para cada persona en la comunidad de creyentes.
Ahora, si tenemos todo esto, pero no hay pasión por Dios y por extender su reino, demostrándolo con esfuerzo, sacrificio, obediencia y entrega por las almas perdidas, faltará ese fuego y esa inspiración que siempre ha contagiado positivamente al resto de los hermanos.
El evangelismo, que debe existir y hacerse de manera continua, como un estilo de vida, debe apuntar a las necesidades de la gente. Este no debe ser un mensaje alejado de la realidad en que viven, sino más bien aplicado a la realidad en la que viven, siendo Cristo el centro y la solución para ellos.
Las reuniones deben estar llenas de Espíritu Santo, pues Él es el que vivifica al ser humano y llena de vida a la Iglesia. La liturgia debe ser práctica y no tradicional, donde participen varias personas y donde las relaciones entre hermanos en la fe sea sana, sincera, llena de amor y de pureza.
Por último, es sabio multiplicar las reuniones por las casas, para desarrollar más iglesias, más líderes y para que toda la congregación pueda, con sus dones y conocimiento aportar a la fe de otros, desarrollando y entrenando así los próximos ministerios.
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