En unas de las reuniones que realizamos, activando y empoderando a los hijos en la fe, en las iglesias bajo cobertura, el Espíritu de Dios me llevó a impartir esta palabra en un lugar donde muchos ministerios están estancados, estériles, sin avivamiento y reproducción ministerial. El Señor me ha guiado a anunciarte que: “Hoy se rompe la esterilidad.”
Confiadamente, por la obra del Ungido, le animo a regocijarse y a celebrar, por lo que hará el Señor en su vida. Isaías declaró: Regocíjate, oh estéril, la que no daba a luz; levanta canción y da voces de júbilo, la que nunca estuvo de parto; porque más son los hijos de la desamparada que los de la casada, ha dicho el Señor. Llegó un nuevo tiempo para usted. Mucho serán tus hijos, por decreto del Señor.
En términos científicos, una mujer es estéril cuando no tiene la cualidad de concebir y reproducirse. Así, también hay muchos ministerios hoy en nuestra nación y fuera de ella, que no tienen la capacidad de reproducción. Pero el Espíritu de Dios nos ha dado en las Escrituras varias claves para romper la esterilidad y desatar, en la autoridad del Mesías, una palabra romper toda esterilidad.
La esterilidad en una mujer, (y recordemos que la iglesia no es una institución, sino un organismo, es la esposa del Mesías, no una organización), se produce por varias razones. Una de ellas es el mal funcionamiento de los órganos sexuales. Si el aparato reproductor está dañado, nada se puede hacer. Se necesita entonces un milagro. De igual manera sucede con los ministerios, ellos necesitan que sus “órganos sexuales” estén funcionando para que la reproducción sea posible.
Cuando hablo de órganos sexuales no hablo de métodos sino de sabiduría ministerial necesaria para dejar que el crecimiento, el desarrollo y la reproducción, que es algo natural en los organismos vivos, se lleve a cabo normalmente, y que ninguna acción del hombre la entorpezca.
Con el reino de Dios sucede como con el hombre que siembra semilla en la tierra, que lo mismo da que esté dormido o despierto, que sea de noche o de día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo (Mr 4:26-29). Y es que la tierra produce por sí misma, pero somos nosotros, el liderazgo de los ministerios, los que entorpecemos y lastimamos el crecimiento que da Dios (1Co 3:6-7). En otras palabras, el crecimiento es natural, debemos aprender cómo cuidarlo y evitar detenerlo.
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