La pasión es un sentimiento fuerte, vehemente, capaz de dominar la voluntad y perturbar la razón del ser humano. La pasión desata vida y energía que nos lleva a una renovación y un empoderamiento continuos en la fe. La pasión por Dios es el fuego que nos consume, que nos impide rendirnos cuando otros desisten y que nos ayuda a permanecer firmes en las crisis creyendo que el Señor es fiel y cumplirá sus promesas.
Cuando hablamos de pasión por Dios y su reino, Jesucristo es nuestro patrón a seguir. Él es quien más nos inspira como líder porque vivió apasionado por la presencia del Padre y enfocado en la misión que vino a cumplir en la tierra (Mr 1: 35-39). Una señal de que alguien está apasionado por una visión es que esa persona ora. Ella depende de Dios para lograr sus objetivos. Una persona apasionada es esforzada, da y se da a sí misma en servicio a Dios y a los demás. Ellas se encuentran en movimiento continuo y enfocadas en avanzar la visión.
Por otra parte, debemos saber que la pasión por Dios tiene enemigos. El adversario intentará usar estos recursos para matar el fuego por Dios y por las almas. Entre estos enemigos se encuentra el desánimo, los celos, la práctica de hábitos destructivos, la falta de perdón y la amargura.
El desánimo es la falta de energía y de fuerzas para vivir y trabajar. Él opera para impedir que actúes según los principios que Dios estableció para ti. Los celos también drenan la pasión y la intimidad con Dios. Ellos desenfocan al pueblo de Dios para que vivan comparándose con otros en lugar de andar conforme a lo que Dios les ha revelado.
La falta de perdón es otro enemigo que limita que estemos encendidos por la visión. Ella nos hace prisioneros (Mt 18:34) y drena el amor de Dios en nosotros para que no amemos las almas perdidas. La amargura también nos hace daño. Ella opera cuando estamos inconformes con lo que tenemos, cuando existe algo que no podemos cambiar o cuando sufrimos alguna pérdida importante. La amargura se expresa a través de la ira, la queja, el desánimo y la maledicencia contra uno mismo y los demás.
En resumen, todo lo que consumimos o ministra nuestro espíritu puede dañarnos, por eso, debemos ser cuidadosos con estos enemigos de la pasión y limpiarnos de todo hábito destructivo que contamina y que persigue extinguir la pasión en nosotros por Dios y por las vidas (2Co 7:1). Se necesita hoy una Iglesia que sepa cuidar el fuego del Espíritu y que recupere la pasión por las promesas recibidas, la visión, lo sobrenatural y el llamamiento santo que le ha sido entregado.
(He 12:1-2 [DHH]) … dejemos a un lado todo lo que nos estorba y el pecado que nos enreda, y corramos con fortaleza la carrera que tenemos por delante. Fijemos nuestra mirada en Jesús, pues de él procede nuestra fe y él es quien la perfecciona.
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