La Iglesia de hoy necesita saber que fue Dios, y no el hombre, quien ha instituido los patrones y códigos de moralidad para la humanidad. Nosotros, como sus hijos, vivimos bajo los códigos morales de Su Reino del cual somos ciudadanos.

En este Reino existe una cultura y valores familiares cuya efectividad y funcionalidad han sido demostradas a lo largo de los años. Un matrimonio, como Dios lo instituyó, es entre un hombre y una mujer y este es el patrón que Él reconoce para la entrada en Su Reino.

Dios es la cabeza de Cristo (1Co 11:3). Cristo es la cabeza de todo hombre (1Co 11:3), de todo principado y autoridad espiritual (Col 2:10) y es a su vez, la cabeza de la Iglesia (Col 1:18; Ef 5:23), la congregación de santos nacidos del Espíritu.

El hombre, en el diseño que Dios instituyó para la familia, es la cabeza de la mujer (Ef 5:23). Esto no se trata de patriarcado, de abuso de autoridad o maltrato, sino que, para el hombre, ser cabeza de la mujer implica ejercer para con ella un liderazgo basado en el amor y en la responsabilidad.

En la Escritura podemos encontrar el modelo de la familia y los roles que debe asumir cada cónyuge. La esposa debe someterse y sujetarse a su esposo en todo como al Señor (Ef 5:22; 1Pe 5-6).

En 1Pe 3:3 vemos que el enfoque de una mujer de Dios no debe estar en lo externo, sino que su adorno más hermoso, la belleza incorruptible que agrada a Dios, consiste en un espíritu suave, tranquilo, apacible y dulce (1Pe 3:4).

Una mujer virtuosa le pide a Dios la sabiduría del cielo, no la del mundo, para edificar su casa con sus palabras (Pr 14:1). Asimismo, en el matrimonio, la mujer ha de ser ayuda idónea (Gn 2:18), la contraparte, el complemento prefecto que suple las carencias que tenga su esposo y viceversa.

El hombre, por su parte, debe ser comprensivo con su esposa y darle el honor que le corresponde pues ella constituye un vaso frágil (1Pe 3:7), más delicada que él, física y emocionalmente.

Todo hombre de Dios debe vivir de manera sabia con su esposa para que su vida de oración no sea estorbada (1Pe 3:7), y entender que ella está llamada a compartir con él la misma herencia, como coheredera de la gracia.

La mujer espera del hombre amor, seguridad y protección. El hombre espera respeto y admiración. El hombre debe amar a su mujer como se ama a sí mismo, pero el apóstol Pablo nos invita a un reto mayor: que el esposo ame a su esposa como Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella (Ef 5:25).

Para que un matrimonio funcione, es preciso entender que al casarnos estamos entrando en un pacto, y no firmando un simple contrato. Un pacto es un compromiso de entregarnos completamente y sin reservas, de darnos a nosotros mismos por el bien de otro.

Debemos dejarnos gobernar por el amor y no por el espíritu de este mundo, que trae celos y amargura en el matrimonio. Solo de este modo podremos amar a nuestra pareja como Cristo nos amó (Ef 5:2), perdonar como Cristo nos perdonó (Ef 4:32) y aceptarla como Cristo nos aceptó (Rom 15:7).

Necesitamos edificar con sabiduría matrimonios y familias sólidas, conquistando las batallas de rodillas, haciendo uso de la oración como arma efectiva en nuestras luchas diarias. Una Iglesia y un liderazgo sólido, son el resultado de matrimonios y familias sólidas.

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