Para colmo de males, en la iglesia de Corinto no solo se veían los errores que he venido exponiendo, sino que también se toleraba la inmoralidad sexual dentro de ella como si nada pasara (1Co 5:1). Tal parece que al leer las cartas del apóstol a esta comunidad estuviéramos leyendo, en las redes sociales, las noticias de la iglesia contemporánea. Hoy sucede aún peor con todas las nuevas ideologías. La iglesia ha rebajado su estándar moral y sucumbe ante un mundo que intentará permear sus filas con el pecado.

Era costumbre entre aquellos hermanos del siglo I juntarse con personas “creyentes” pero sin temor de Dios. Y el apóstol Pablo fue tajante con esta práctica al decir: no deben tener trato con ninguno que, llamándose hermano, se entregue a la prostitución, o sea avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón. Con gente así (dentro de la iglesia), ni siquiera comer juntos (1Co 5:11).

Además de todo esto, las relaciones entre los creyentes llegaron a un punto tan bajo de madurez y amor como jamás este escritor haya escuchado. Pues entre ellos existían grandes pleitos y demandas legales. Lo peor de todo era que, para resolver estas cuestiones (las causas no las conocemos) ellos iban ante los tribunales civiles y no delante de sus líderes espirituales. De esta manera el testimonio de Cristo era destruido en la ciudad, cosa que ha sucedido también en nuestras naciones década tras década.

Hermanos y amigos en la fe, debemos despertar. Hay muchos hoy que creen en el Señor, pero que no tienen credibilidad para anunciar el mensaje. Como dijera un predicador: tu mensaje no tiene vida si tu vida no es un mensaje. Entendamos que las personas no leerán la Biblia, sino nuestras vidas. Por lo tanto, la credibilidad es muy necesaria en estos tiempos. La instrucción apostólica para momentos así es la siguiente: que el bueno siga haciendo el bien, y que el santo siga santificándose (Ap 22:11).

Los creyentes de Corinto se vieron afectados por el ambiente que les rodeaba, pues la ciudad era bien conocida por su cultura de pecado e idolatría. Muchas allí tenían hábitos de fornicación como en las iglesias actuales. Y es solo con la ayuda del Espíritu Santo y una profunda actitud de arrepentimiento que seremos libres. El movimiento del Espíritu que vivimos amerita un estándar de santidad y rectitud mayores. Con ataduras de las tinieblas en nuestras vidas no podremos expulsar las tinieblas que operan en otros, pues el pecado es afrenta de las familias, los ministerios, las ciudades y las naciones.

Amados, confiados en la gracia de Dios sigamos extendiendo Su reino sin perder de vista nunca que, no hay condenación para los que están en Cristo Jesús, para aquellos que son guiados por el Espíritu y no se dejan enredar en los asuntos de la carne. Si alguna vez nos vemos salpicados de pecado por alguna razón, sabemos que la gracia de Dios sobreabundará para rescatarnos si confesamos el error (1Jn 1:9).


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