Fue tal el envanecimiento que llenó la mente de los creyentes de aquella ciudad griega de Corinto que el amor quedó reducido prácticamente a nada. Por eso el apóstol les guía hacia él y les habla de este de manera magistral (1Co 13). Pues no debemos usar la libertad que tenemos en Cristo para dañar a los de conciencia débil, si no ser lo suficientemente maduros para pensar y dejar pensar, respetar decisiones personales y actuar siempre buscando la unidad del Cuerpo y la edificación del mismo.

La madurez era prácticamente nula cuando aquellos hermanos se reunían en sus fiestas de amor (ágapes) y llegaba el momento de disfrutar juntos de la Cena del Señor. Los enormes desórdenes vistos allí son casi irrepetibles en la historia. Aquella actividad no tenía nada que ver con el ritual católico que practican muchos hoy, sino que era una comida donde se compartía y disfrutaba en unidad (me refiero a cómo se hacía en otras congregaciones), y donde se recordaba la obra terminada del Mesías en la cruz por la humanidad.

Los corintios eran tan “maduros” que el enfoque en los dones espirituales fue excesivo a tal grado que sus reuniones eclesiales también estaban llenas de desórdenes. Hoy en la comunidad que presidimos creemos y practicamos todos los dones del Espíritu en una medida o en otra, pero con un balance y equilibrio sanos, donde las vidas son edificadas y los no creyentes se entregan al gobierno de Dios. No como los corintios que operan en ellos con tal desajuste que ocurría lo contrario.

Entendemos, personalmente, que Dios no es “cesacionista” y que Jesucristo, el Ungido del Padre, es el mismo ayer, hoy y por siempre. En la Casa no limitamos a Dios con respecto a lo sobrenatural porque entendemos que Dios no tiene límites, pero siempre mostramos el camino más excelente de esta fe que profesamos, y es el amor verdadero, sincero y no fingido que se demuestra con acciones y no solo con palabras.

Un gran grupo de creyentes en aquella congregación, como se dice en le argot popular, le puso la tapa al pomo. Ellos comenzaron a negar a doctrina de la resurrección, piedra angular de la fe que profesamos. Pues es sabido que cuando nuestro mensaje y vida no son Cristo céntricos, y no se contiende ardientemente por la fe una vez dado al pueblo santo de Dios, falsas y peligrosas enseñanzas intentarán destruir nuestra confianza en que Cristo resucitó de los muertos.

Ciertamente Jesucristo resucitó conforme a las Escrituras y se apareció a diferentes personas que dieron su vida por esa verdad cuando fueron confrontados. Él está vivo y resucitado, y retornará a esta tierra para establecer plena y físicamente Su reino. A los que creen, como ese grupo de corintios, les decimos como el apóstol Pablo: ustedes no tienen conocimiento profundo de Dios.

Cuidémosno de ser “los corintos de ahora”. En cambio, vivamos una vida justa, sobria y piadosa a través de la cual el Salvador sea anunciado y creído entre los 16,000 grupos culturales que existen en la tierra. Así, la visión de Dios será alcanzada: la salvación de una multitud tomada de entre todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas de la tierra; tan grande que nadie podrá contarla.


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