Aquella fiesta de las cosechas fue diferente (Hch 2). Aunque se repetían los mismo sucesos años tras año en cada convocación (miles de hombres venían desde todo le imperio a Jerusalén, se ofrecían sacrificios al Eterno en agradecimiento, comenzaba de la temporada de la cosecha, era una celebración de toda la nación) aquella fiesta fue única, porque estaba marcada por Dios para que se derramara en ella el glorioso Espíritu Santo.
La promesa del Padre sobre el Espíritu Santo incluía a todas las etnias de la tierra (Hch 2:39). Él había prometido, más de 8 siglos antes a través del profeta Joel (Jl 2:28), que derramaría Su Espíritu sobre todo el género humano y que, en la nación de Israel, los hijos y las hijas ministrarían profecías, los ancianos tendrían sueños y los jóvenes visiones.
La prioridad de Dios al derramar el Espíritu era cumplir su pacto, venir a vivir con su pueblo y activar el ministerio profético en la iglesia. Pero lo novedoso en aquella fiesta de Pentecostés fue que recibieron un lenguaje espiritual (Hch 2:4). Dice la Escritura que todos aquellos que esperaban la promesa fueron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas (idiomas), según el Espíritu les daba que hablasen. El derramamiento del Espíritu trajo de inmediato el ministerio profético a la iglesia, pues les fue otorgado un lenguaje espiritual que activaba y generaba lo profético en el creyente.
El Espíritu también nos dio una llave poderosa para andar en descanso y en el poder del Espíritu. Según nos indica el profeta Isaías, 8 siglos antes de Cristo, Dios había prometido que, “en lengua de tartamudos, y en extraña lengua hablaré a este pueblo, a los cuales dijo: Este es el reposo; dad reposo al cansado; y este es el refrigerio; mas no quisieron oír. Está demostrado que orar mucho en nuestro lenguaje espiritual trae a nuestra vida y ministerio, descanso, reposo y refrigerio (avivamiento).
Una gran edificación en el espíritu de los creyentes viene por orar mucho en otras lenguas (1Co 14:2, 4). Porque el que habla en lenguas no habla a los hombres, sino a Dios; pues nadie le entiende, aunque por el Espíritu habla misterios. El que habla en lengua extraña, a sí mismo se edifica, y nosotros, que somos un espíritu con Jesús, al hablar en lenguas, nuestro espíritu, guiado por el Espíritu Santo, habla con el Padre los misterios del reino.
Un ejercicio muy poderoso para acrecentar y fortalecer nuestra fe en Cristo es el orar en el espíritu (Jud 20). El apóstol Judas nos instruyó diciendo: “pero vosotros, amados, edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo”. Vivir por el Espíritu es vivir en oración y comunión a través del lenguaje que nos dio el Espíritu. El orar en ese lenguaje espiritual produce una vida de santidad, fe y poder para Dios.
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