Cuando el apóstol Pablo escribió la primera carta a los creyentes de Corinto les confesó que no había podido dirigirse a ellos como a personas maduras, sino como a niños en Cristo debido al nivel de inmadurez que manifestaban (1Co 3:1-3). En esa congregación, como en muchas de la actualidad, no se pudo compartir alimento espiritual más profundo debido a los celos, las contiendas y las divisiones que existían.

Por ello aconsejamos a toda persona, familia y comunidad de creyentes crecer hacia la madurez. La madurez es la cualidad de desarrollar las capacidades de pensar por nosotros mismos, aún bajo presión tomar decisiones importantes y desarrollar nuestras habilidades mentales y emocionales para vivir en sociedad. Ella está relacionada más específicamente con el hecho de ser responsable que con la experiencia de envejecer.

Dios, al primer hombre creado, lo primero que hizo fue darle un trabajo (nombrar animales), luego le dio la pareja (la mujer) y por último le orientó asumir su rol en la tierra (multiplicarse y gobernar). De esta manera el Creador marcó el patrón de crecimiento de una persona hacia la madurez, pues, alguien madura cuando trabaja, madura más cuando crea y educa a su familia y alcanza un nivel aún mayor de madurez cuando asume socialmente su identidad.

Varias son las palabras que se relacionan con la madurez, pues nadie es maduro sin practicar el amor hacia los demás, ser responsable con sus acciones y usar de sabiduría al tomar decisiones importantes. Cuando una persona es madura lo es mental y emocionalmente. Ella tiene la capacidad de adaptarse a las circunstancias, aún si estas cambiaran.

En cambio, el creyente inmaduro tiene una autoestima enferma. Se castiga por sus errores y no quiere mostrarse tal como es por razones de orgullo y egocentrismo. No se preocupa por otros, solo por el mismo. No usa de forma correcta la libertad que tiene en Cristo (cae en el libertinaje) porque carece de los valores éticos necesarios (el fruto del Espíritu Santo) para ello.

En cambio, la madurez de Jesucristo es perfecta. Él, siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte.

El Señor, con Su ejemplo de sacrificio, amor y rendición de Su voluntad para ver cumplida la del Padre nos inspira continuamente, pues crecer en madurez implica ser menos egoístas cada día. Esta verdad Él se la mostró a Su Iglesia con su vida.

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